El tacto y la Mirada
(Una breve consideración en torno a la obra pictórica de Javier Lorente)
Por Miguel FloriánJavier Lorente:
La Terquedad del Artista
Por Elena Butragueño
(Una breve consideración en torno a la obra pictórica de Javier Lorente)
i l'ull no es canea d`abocar imatges clarea dintre del cor.
(y el ojo no se cansa de verter imágenes claras en el corazón)CARLES RIBA
¿Para qué pintar? ¿Para qué escribir? ¿Para qué INSISTIR en multiplicar el mundo que se despliega ante nuestros ojos? Toma el hombre su mano, la sumerge en la arcilla (o la tiñe con su propia sangre) y extiende manchas, superficies que imitan el contorno de los seres, hendiduras sobre la piedra, sobre la madera, líneas sobre la tela... ¿Por qué este afán por decir? Tal vez sea éste el único cometido humano: estar aquí, frente al mundo, y confirmarlo. El hombre, animal simbólico que articula sonidos, que traza signos (planos policromos, líneas, letras...) y al hacerlo confiere existencia a lo que ve, y también a ni mismo. No nos basta el mundo tal y como aparece, precisamos que emerja desde nosotros, nos urge mediatizarlo en la acción, y mostrarlo -ya nuestro- a los demás. Aquí reside el enigma no sólo del arte (que, de otra parte, en la expresión primaria de lo humano; y explica la especial relación que el niño establece con el mundo mediante la pintura): sólo podemos tener plena conciencia de nosotros, y de los dentad, a través de ente proceso de intervención simbólica que llamados arte. La expresión (verbal, escrita, pintada) revela juntamente aquello de intransferible que guarda todo humano, su subjetividad, su carácter. Y ese ámbito mostrado (simbolizado) merced a la pintura (o a la escritura) en síntesis de lo externo y de lo interno; en la praxis se logra la reconciliación del objeto y del sujeto, del alma y la materia.
La pintura de Javier Lorente (Jerez de la Frontera, 1951) ejemplifica lo arriba apuntado. Conozco a Javier desde hace muchos años y be asistido a ese procedo metabólico, a esa `confusión' lo real que se alcanza en la alquimia de la pintura: reconciliación de hombre y mundo que nada más el arte verdadero acierta a mostrar.
Miro uno de los cuadros de Javier, observo la fachada de una casa y sé que esa no es la realidad que los sentidos sin más, me muestran, sino una casa vivida, adentrada, habitada por la conciencia que sirviéndose de la mirada acierta a encontrarme con las cosas. Es lo real que habita entre nosotros. Me asomo a la pintura de Javier Lorente como si a una ventana me acercara, apoyo mis codos en su alféizar, y miro. Y lo que veo en un paisaje recreado: mitad alma, mitad mundo. Es, seguramente, el mismo espacio que habito a diario, recodos de la ciudad con sus calles pobladas de árboles, veladores, automóviles..., es la ciudad transitada, habitada primero en el espíritu, y después proyectada sobre el lienzo. El ojo se demora, un instante, en las fachadas con su riquísimo cromatismo. Esos muros que nos muestra el pintor, non el resultado de una urdimbre de color; y ahí están los musgos, los desconchones, las grietas, como la piel de un animal gigante y vivo. La mirada traspasa la superficie y desvela su hondura, los intersticios de la materia; las capas superpuestas, la profundidad que toda extensión encubre, resultado de infinidad de planos superpuestos que generan el abismo de las copas. Esa textura se vuelve tangible: la pupila se convierte en tacto. La perspectiva (Javier Lorente demuestra una especial maestría para ella) rescata el ser, lo representa en su secreto íntimo: volumen que gravita sobre el plano.
La Pintura es Poesía callada, la Poesía es Pintura sonora.. El arte, si nos dejamos llevar por la tentación de las palabras, es poiesis, `creación' producción humana. El artista siente el vértigo abismal de la infancia, la emoción de recrear el mundo, de volverlo hacer, como un demiurgo efímero, como el niño (que es inocencia y es deseo) del que nos habla la vieja sentencia de Heráclito: "el tiempo es un niño que juega a los dados, de un niño es el reino". La función del arte es enseñarnos a ver, apartar las escamas que cubren nuestra mirada y distraerla de la ceguera de !a costumbre y la pereza del hábito. Epifanía: 'aquello que brilla', que se 'muestra a la luz, lo que, renovado, se manifiesta ? pues yacía oculto, ensombrecido por los días idénticos. Esta es la capacidad de verdad de toda pintura genuina, como la de Javier Lorente. Cada hombre, como Sífifo, ha de repetir a cada momento el mundo: y lo hace desde la inconsciencia de su propio origen, dormido o despierto, en esa metabolización de lo real cuando de transfigura merced al arte. Ved sino edad calles renovadas, los árboles, los objetad cotidianos ubicados en el fluir del dueño a !a vigilia, como en los primeros días de !a infancia.
Reparad, de nuevo, en el niño, con qué fruición toma los lápices y confiere sentido a esa región intermedia entre él y las cosas. Luego ya mayores, de afanaran en la misma tarea si es que en algo conservan aquel estado sereno y limpio de la infancia. Si, como señaló Joseph Brodsky, "él niño es ante todo un esteta", el artista, niño adulto, es aquel que aún sigue nutriéndose de ese panal sin fondo del pasado, y recupera aquella conjunción, aquel equilibrio entre el espíritu y la realidad. Precisamos expresarnos porque somos portadores de signos, sustratos, guardianes del sentido. Somos medio y no fin. Estamos aquí para certificar lo que vivimos, lo que vemos, pues ver es conocer y aumentar lo observado. El mundo no cesa de transformarse, ambiciona crecer, aspira a otra región donde los signos de encuentren con lo que significan. Y, para colaborar en ello, el hombre toma su pincel, y pinta. En verdad somos efímeros, pero no el hábito que nos atraviesa. Y esta es nuestra dota grandeza, estar aquí, y saberlo. Y expresarlo.
La mano que mueve el pincel lo hace con firmeza de !a pupila. El ojo de desliza cobre los objetos bañados por !a luz, los toma, los acaricia, los golpea. La mano del pintor, reproduce esta agitación (es una mano que ve), y traduce en la superficie intacta del lienzo los trazos seguros, el color que inunda la pupila, instaurando un nuevo territorio a medias entre la vista y el tacto, entre el ojo y la piel. Estos tejados, estos árboles..., estos muros, estas calles de Andalucía (Cádiz, Jerez, Sevilla..) por las que me interno ahora; y los naranjos, las palmeras, los patios soleados con geranios y aspidistras..., creo escuchar el murmullo de un agua, la estría irisada de unos ojos ocultos. Recorro los pastizales, llenos de fuego y viento, el campo multicolor con sus oteros cárdenos al fondo, y el horizonte vago, y el cielo que es otro universo reflejado, habitado por un revuelo de seres invisibles. En el duermevela de la conciencia que no distingue lo interior y de lo exterior, este es el país intermedio desde el que se vuelve posible la pintura. Toda obra de arte instaura un nuevo orden, para alcanzarlo precisa de un grado de verdad, de aquella virtud, táctil y visual (¿no es acaso el ojo una mano que de ejercita en la distancia?, ¿una piel que de ejerce sobre el espacio iluminado?). La pintura de Javier Lorente señala un itinerario, nos devuelve al mundo intacto, el mundo recordado, como fluir de edades que enciende el lienzo con trazo firme, y nos lo muestra, hecho luz y tibieza, en el aire coman que respiramos.
Miguel Florián
"Los talentos no son innatos, de crean, se eligen, de cultivan. Salvo algunas excepciones como Mozart o Rimbaud, detrád del talento hay trabajo, terquedad": Ésto declaraba recientemente el escritor Mario Vargas Llosa (Él País Semanal, 24/03/96) refiriéndose a sí mismo. Y éste es el caso de Javier Lorente, jerezano y arquitecto técnico de profesión oficial que al filo de la madurez cuelga los trastos de "aparejar" y decide ser pintor.
Una crisis personal, durante la cual abandona todo y se licencia en Bellas Artes, es el precio de la elección. Camino de prueba en el que acaba encontrando la compatibilidad y la armonía. A ello ha contribuido, no poco, el territorio donde vive -Cádiz, ciudad abierta, ligera y armónica como pocas- y la comprensión y liberalidad de quienes le quieren bien.
Tras ocho años de trabajo tenaz y de experimentación -óleo, acuarela, gouache y escultura y los primeros escarceos en exposiciones en solitario y con otros- cuaja ahora una obra plena y particular que tiene mucho que ver con el individuo nuevo que ahora es. Un mundo visual propio de los sentidos: pinta lo que ve y lo que conoce bien, pero también lo que se ha apropiado, lo que valora y desea y que por contraste le impacta.
Sus paisajes, llenos de luz y hasta de tacto, son simbólicos de una forma de vivir sensual, relativista y despaciosa, al sabio ritmo del sur. El mar, la naturaleza grande y la recoleta de los patios, las calles observadas y las torres-mirador, tan contemplativas, y el sol cálido de la tarde, como un matiz que potencia los colores donde fuere: de Sevilla a Segovia pasando por Marraquech.
Un impresionismo de última hornada -en cierto grado anacrónico pero ¿por qué no?- que traduce el momento redondo que de ha quedado en la retina. Una forma de mirar y de convidar a ver. La impronta de esa otra Andalucía, atlántica y sin drama, en conexión con el Caribe y el Magreb. El humor, la chispa y la autenticidad de una vieja civilización que viene desde los fenicios, que no se deslumbra por nada porque lo ha visto todo, el esplendor y la decadencia, desde el sosiego de su privilegiado rincón provincial.
Escepticismo y gusto por la vida, visión y expresión. Ideal vital, afinidad electiva, territorio real e imaginario adoptado que, en buena parte, es contrafigura de quien nació tierra adentro, en el universo mucho más estrecho y rígido de la ciudad de Jerez. Contrafigura parcial de sí mismo, siempre oscilante entre la sombra y la luz.
La luz, las formas y el color en el espacio, las materias del pintor con las que ha trabajado una obra unitaria que ahora presenta en una treintena de cuadros, fruto de su feliz terquedad. Una obra plena y propia, como digo, pero que con todo, me parece vislumbrar, es la estación intermedia de un trabajo de alcance que aún navegará mucho. Un mundo mórbido y sugerente que deparará sorpresas.
Dejando de lado los pronósticos y un futuro cada vez más impredecible e incierto, el hecho es que Javier Lorente, parafraseando los prodigiosos versos de Manuel Machado, tiene "el alma de nardo del árabe español" y pinta como tal.
Elena Butragueño
Galería Ferraz 1996
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