Juan B. Márquez DíazA Chiclana, que me dio el calor
para crear una familia y una
vida inigualable.
Bulerías sonaban en el aire, cuando en un viejo patio de albero y barriles se conocieron. Hojas de palma y cañas se entrecruzaban en el techo para evitar que los rayos del sol calentasen el frescor de la tierra mojada.
Fiesta de vendimia, espaldas cansadas. Vuelven las carretas sonando sus ruedas como quejíos de dolor de tanto peso, mientras el sol se esconde para dormir tranquilo al ver la faena terminada. Todos parecen olvidar los cortes de las manos sabiendo que les espera la fiesta.
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Cornelia venía sentada junto al carretero, su piel morena y ese mechón cayéndole en los ojos, escapado del pañuelo que le cubría la frente. Deseoso de libertad como toda ella, siempre se negó a ir sujeto. La falda arremetida entre las piernas y los dedos inquietos, palilleando la melodía que tenía en los labios.
Ya iba pensando qué traje se iba a poner esa noche, la verdad es que poco tenía donde escoger. Pero sabía que un pañuelo aquí y una puntada allá, convertiría el traje del año pasado en uno nuevo.
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Jacinto la veía llegar desde su carpintería, se le iluminaban sus grandes ojos negros, erguía su talle semidesnudo, se afianzaba el martillo en las manos mientras de sus rizos negros caían gotas de sudor que le recorrían su espalda morena, mientras la miraba fijamente de reojo.
A Cornelia se le cortaba la melodía en los labios, sus dedos ya no palilleaban y sus rodillas temblaban torpemente cuando lo veía. Él la deseaba.
La carreta que venía de vender su dorada mercancía a la bodega de Las Albinas, volvía a cruzar el pueblo lentamente hacia el puente del río para volver a su casa en la Banda , al otro lado del río. Porque este pueblo se encontraba dividido por un río que nacía en las entrañas de un Gran Ducado, y como toda división también tenía sus diferencias. Dicen las viejas lenguas del pueblo que en la Banda construyeron, sobre una pequeña ermita, una gran iglesia que en vez de mirar hacia la calle principal, la pusieron mirando al río para que los de la orilla contraria tuvieran envidia de su belleza (la orilla contraria se llama el Lugar).
Cuando la carreta iba subiendo la carretera de Medina en busca de su casa, los ojos
de ella aún seguían viendo la silueta de ese "niño", del que no conocía ni su nombre, pero que bendito fuese el día que lo vio porque ya no podría quitárselo de cabeza.
Bajó de un salto en busca de su madre, de nada le sirvió tropezar con las ramas del damasco, ni pisarle a su padre las cebollas de la esquina del huerto.
-¡ Chiquilla!.- ¿ ya vienes rompiéndolo todo? - le gritó su madre.
Estaba tan acostumbrada a que le gritaran, que le entraba por un oído y le salía por el otro.
- ¡ Omá!.-le gritaba mientras se la comía a besos, sabiendo que era lo único que la ablandaba- ¿ me ayudará a preparar el traje para esta noche?.
- Lo haré, como siempre, pero primero dale de comer a los becerros, que yo no he podido hoy y me traen loca con sus berridos.
Sin mediar palabra se fue de un salto a darles de comer a los animales. La madre aún asombrada de su diligencia, se quedó en el umbral de la puerta protegida por las ramas de la parra, observándola con una sonrisa en los labios.
El sol de septiembre aún daba con furia en las hojas del moral, que repartía su verdor al aire para que bajo sus brazos se pudiera respirar con soltura. Allí se enroscaban los perros que a esa hora de la tarde les daba igual quién entrase o quién saliese, con tal de no perder el frescor de la tierra.
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En ese momento en el que el sol se hacía el remolón hasta para esconderse, salía Jacinto de su trabajo, la camisa se le pegaba al cuerpo de tanto sudor y sólo pensaba en llegar a su casa. Al entrar por la casapuerta ya sentía el frescor del pozo. Se agarró al brocal y cogió la cuerda, tensó los brazos y fue sacando poco a poco, como torturándose de placer, el agua helada del profundo algibe. La volcó sobre el lebrillo y se desnudó de medio cuerpo. Metió la cabeza entera en el agua y se fue frotando con sus manos, se le apareció la imagen de Cornelia en su mente, mientras sus manos le seguían refrescando. Fue tal su excitación que tuvo que sentarse sobre el lebrillo, para volver a la normalidad su cuerpo antes de que entrase cualquier vecino y le viera en ese estado.
Al oscurecer, se veía a los chavales bajar por la cuesta de La Salle, venían de la barriada de Santa Ana, ermita situada en lo más alto del Lugar, por la cual sentían en el pueblo una enorme devoción. De allí era Jacinto y de allí bajó lentamente con las manos en los bolsillos (tan lentamente como permite ese pedazo de cuesta) y una ramita con la que jugueteaba entre los labios.
Empezó a saltar un poco de viento de Levante, muy normal en esta tierra, que le movía las perneras del pantalón bombacho pareciéndole a él que entre la cuesta y el Levante iba a llegar antes que nadie a la fiesta, así que se paró en el primer tascón que encontró para tomarse un vino y hacer tiempo y sobre todo para calmarse los nervios que le entraban cuando pensaba que de esta noche no pasaba de hablar con ella.
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- ¡Omá!- decía Cornelia- ajústeme más este talle, que de tantos racimos de uva y tantos capachos llenos he perdido más de diez kilos.
- Que exagerada eres- le contestó la madre en tono burlón- más bien diría yo que te comiste la mitad de los racimos antes de echarlos a la carreta, o ¿ es que no te has dado cuenta del culo que se te está poniendo?.
- No me diga eso madre- decía refunfuñada- que me quedo en casa y no voy a la fiesta, ya tendré tiempo cuando sea mayor como tú para engordar lo que haga falta.
Su madre la miraba con esa tristeza en los ojos que aparece cuando ser recuerdan días pasados y se ve su reflejo en los hijos que van creciendo.
- Ojalá engordes como yo, pero sobre todo, ojalá que seas tan feliz con los hijos que tengas como yo lo he sido contigo.
Las dos se abrazaron de puro cariño, pero en los ojos de su madre se reflejó una tristeza inmensa sólo de pensar que los tiempos iban cambiando y que la tranquilidad del campo y de un simple pueblo como éste se podrían ver afectados por el mundo que les iba invadiendo.
Las luchas entre anarquistas y sindicalistas hacían mella en el incipiente cooperativismo que se estaba creando y los cambios políticos no auguraban un buen porvenir para los siempre olvidados, la gente del campo.
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Recostado contra la pared, apoyado con dos patas de la silla de enea, estaba harto de morder la pajita cuando la vio venir.
Jugueteando como siempre con sus amigas, hacía como si no le viese, pero le veía, y si no a qué venían esos latidos de su corazón que parecía más bien que habían puesto música del Rocío con el tambor de fondo.
A él sin saber por qué, se le puso la silla más derecha que un palo, más bien creo que casi se atraganta con la pajita cuando la vio entrar por el camino y su primera intención fue ponerse derecho para tomar aire.
Cuándo pasó por su lado, le salió de sus labios un -¡Buenas noches!- sonó tan extraño y tan gutural que cualquiera hubiese pensado que se había desprendido un toldo del techado.
Pero a ella le sonó a coro celestial; le había hablado - aunque por lo visto, el amor hace aprender idiomas.
-¡Hola!- contestó ella y la verdad que el tono fue francamente parecido. Según he podido averiguar más tarde, dicen que la acumulación de saliva en la garganta produce este idioma tan extraño.
Cornelia entró con sus amigas, las risas entrecortadas retumbaban en el ambiente como lluvia fresca. Risas de secretos, de nervios de saber o más bien de imaginarse lo que podría ocurrir esa noche. La había mirado y ellos sabían esperarse.
Jacinto entró con dos amigos, se apoyaron en la barra y charlaron de cosas de hombres, mientras vaciaban un par de vasos de vino blanco. Cuando empezó a notar ese calor que sólo el vino de Chiclana es capaz de darte, se arremangó la camisa y se fue en busca de ella.
-¿ Quieres bailar?- su voz ya era más natural.
-¡ Sí!- dijo ella- no se entretuvo en pequeños comentarios como: ¡ no sé bailar! o ¡ todavía es pronto!. Lo tenía muy claro y a eso fue a la fiesta.
Salieron al centro del corro de sillas cogidos del dedo meñique, dejaban lo mejor para después.
Sus cuerpos se unieron poco a poco, sin prisas, pero sin palabras. La mano de Jacinto se agarró a su talle sin opresión, pero demostrándole que ya de allí no se iría nunca más. Cornelia se dejó llevar, le pasaba la mano por la espalda y se le engarrotaban los dedos al no poder estrujarlo contra ella. Y así estuvieron guardando pasión hasta que sus pies se agotaron de soportar la ansiedad.
Se fueron desplazando como sin querer hasta el umbral de la puerta, no se hablaban, no se miraban, sólo pensaban que era demasiado bueno lo que estaba ocurriendo para creérselo. La noche iluminaba sus vidas, el camino marcaba su deseo y ellos volaron hacia la pasión.
De fondo alguien entonaba una canción:
Por la callecita estrecha,
tu cuerpo se presentía.
Bajaba desde la torre.
La hora, de amanecida.
Tu piel criada de bronce,
mi alma se engrandecía.
Que tú me quitaste la pena,
que tú me quitaste la vía.
Por la callecita estrecha,
tu cuerpo se presentía.
San Juan, que ya dan las doce.
El Bautista te mira.
No te arrimes por mi vera
que mis ojos lloran rosa
y sus pétalos arremolina,
cuando por mi lado pasas
y ni siquiera me miras.
Por la callecita estrecha,
tu cuerpo se presentía.
Que de amores no se muere,
pero qué amarga es la vía.
Sabiendo que bordas flores,
bordando estás mi agonía.
Cuando por mi lado pasas
y ni siquiera me miras.
Por la callecita estrecha,
tu cuerpo se presentía.
En tu patio geranio blanco,
pozo blanco, muro blanco.
En mi sueño rosa negra,
espina negra, lágrima negra.
Cuando por mi lado pasas
y ni siquiera me miras.
Por la callecita estrecha,
tu cuerpo se presentía.Los rayos de luna perfilaban su silueta, su piel deslumbraba los ojos de Jacinto, que parecía no saber lo que separaba la realidad del sueño. Besos de delirio surcaban el aire, dedos como pinceles dibujaban en sus cuerpos las palabras que surgían de sus cabezas. Y en la noche desvelada conocieron la locura del amor y asombraron a las estrellas que murmuraban entre ellas tanto deseo.
Se despidieron aquella noche sin saber realmente lo que había ocurrido, fue demasiado hermoso, demasiado limpio como para manchar ni un átomo de su alma. Todo se limitó a besarse y acariciarse, eran muy jóvenes para pensar en nada más. Ocurrió lo suficiente para que durante largas noches del otoño que ya entraba, humedeciera sus labios el dulce sabor del cuerpo amado.
Y así pasó la vendimia, cruzando miradas al volver del campo y esperando cualquier fiesta para volver a encontrarse. Excusas de ella para ir al otro lado del pueblo a por algo olvidado y paseos nocturnos de él al salir de la carpintería, cerca de la casa de ella, a pique de algún que otro bocado de los perros que guardaban celosos a su dueña. Fueron tantos los paseos, que los perros ya venían meneándose a sus pies como si fuese parte de paisaje.
Y por fin un día se decidió a entrar en casa de ella para pedirle a su padre una relación estable con su hija. Se dice muy pronto, pero fueron días de verse temblar las manos al coger el serrucho, no atinaba con la línea marcada por el grueso lápiz de carpintero. De llegar a su casa y equivocarse de portal al ir pensando en las palabras que le diría a ese hombre que no conocía, pero se animaba continuamente al pensar en la cara de Cornelia.
Ella sin embargo, como toda mujer, estaba más cerca de la realidad. No sabía si aquello podría llegar a ser el amor de su vida y pensó como sin querer en aquella mujer que un día escuchó a una amiga, Rosario la del Loco. Un ser extraño que le infundía la mayor de las brujerías pensadas en noches de pesadillas, sin embargo no se lo pensó y fue a verla.
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Rosario era un personaje amado y temido por el pueblo, amado por que siempre fue capaz de dar a los demás lo que ellos esperaban recibir, un buen porvenir. Y temido por que no se sabía de donde sacaba esa verdad. Los más viejos la unían a los aquelarres ocurridos hacía cien años, sin embargo Rosario la del Loco tenía su propia historia; ni tan real, ni tan diabólica.
Llegó de nadie sabe donde con un atillo debajo del brazo y unos ojos capaces de deslumbrar a la propia luna, mechones rizados caían sobre su blanca cara y unos dientes blancos como la cal saludaban con una enorme sonrisa. Sabía decir en cada momento lo oportuno para que la gente se sintiera bien. Se alojó en una casa medio derruida junto al Llano de las maravillas, según decía ella: para que la charca que allí había siempre le tuviera húmedo sus labios y arraigado su corazón.
Allí conoció a su hombre y así le sobrevino el apodo. Cuentan las malas lenguas que lo volvió loco de amor, que los gritos de placer de él hacían volar a los jilgueros en la noche y formaban ondas en la apaciguada charca que les rodeaba.
Al parecer, tanto amor y tanto goce le hicieron perder el sentido. Él, un hombre de campo que sólo conocía la tierra y su producto, no se esperaba una pasión de hembra capaz de absorverle el alma de tanto amor.
Desde entonces lo tiene atado a un carrillo de mano al que le puso un respaldar para poderlo pasear y que tomara el sol mientras ella le contaba mil historias de sus antepasados, de los que aprendió sus artes adivinatorias, a la vez que le limpiaba la comisura de los labios con un pañuelo de esperanzas, pensando que algún día él volvería a la realidad, aunque sólo fuese para abrazarlo y volverlo a sumir en la misma locura de amor.
Cuando Cornelia llegó a su casa, Rosario ya la había presentido, la hizo sentarse bajo las parras, en su mesa de piedra lisa y la miró dulcemente, como sólo lo pueden hacer las personas que saben amar y tienen delante a alguien que ama.
No la dejó hablar, le narró paso a paso lo que ella sentía, mientras a Cornelia se le ponían los ojos como platos y la boca entreabierta deseando hablar pero sin poder.
La tranquilizó sobre sus deseos y le dijo que con ese hombre iba a ser muy feliz. Pero los ojos de Rosario a medida que narraba se fueron oscureciendo hasta que tuvo que tapárselos con las manos, viéndose entre medio de sus dedos lágrimas rojas que bajaban hasta su boca. Cornelia se asustó y le preguntó qué ocurría, Rosario le contestó: "Cariño, tu vida va a ser muy complicada, tendrás penas y alegrías. Veo penas, grandes penas, pero yo quisiera una vida así porque en ella reina algo que merece vivir y es tanto amor como tú vas a ver. Vive y acuérdate de ésta que deseó tener sólo un poco del amor que vas a desprender y recibir."
Cornelia se marchó sin ganas, quería saber más y pensaba cómo iba a ser su vida mientras desandaba el camino polvoriento hasta su casa.
Cuando iba llegando vio la silueta de él apoyada contra el árbol de la entrada y a su padre hablando con su amado con gestos de agradable reunión. De un salto remangó su falda y corrió al encuentro de sus dos hombres.
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Con el velo cayéndole por la cara, hundida en la más profunda emoción, le miró de reojo sin querer. Las manos sudorosas se resbalaban al unirse y los labios apenas si podían responder a su querido Magistral.
Vino de Cádiz sólo para poder casar a una de sus protegidas, la quería por su alegría, por su entrega sin preguntas. El Magistral venía de vez en cuando a su pueblo para sentir cómo latía, cómo de la parra verde nacía el más dulce de los moscateles.
Y los casó en la iglesia de San Sebastián, los altos escalones no impidieron que Cornelia abrazara a su amado delante del altar. El Lugar pudo ver de frente, lo que la lógica les hubiera ocultado y al salir saludó a sus amigos y familiares, con su pueblo al fondo y el brillo que da al río el sol del mediodía.CHICLANA 26-12-98
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