Puente Chico


           

Restos arqueológicos aparecidos en el colegio El Castillo.

El yacimiento y la cal 

Chiclana, una ciudad mal planificada, impersonal y cada vez menos andaluza  

La transformación que ha sufrido Chiclana a través de los tiempos, el olvido institucional hacia nuestra historia y el abandono y la destrucción de nuestro patrimonio histórico así como el crecimiento desproporcionado y desmesurado en los últimos años, son tratados en este artículo con el rigor y la crítica a que nos tiene acostumbrados su autor, Juan Rodríguez. 

Llegando por mar lo primero que se ve de la costa es la blanca cúpula de Santa Ana. Chiclana siempre tuvo cerca de La Barrosa un sitio pesquero, un núcleo más o menos estable de población: Sancti-Petri; tan unido al Castillo del mismo nombre. Lugar mitológico, templo y castillo de Hércules. Para San Fernando y los militares, sin embargo, había dejado de tener valor excepto como campo de tiro artillero. Chiclana, por el contrario, siempre tuvo su corazón mítico puesto en ese castillo.  

Tan fea como quedó después de la riá era hasta normal que se mirara para la playa en tiempos del Spain ist diferent y el boom del turismo. Convenimos en olvidarnos definitivamente de ese otro castillo que nadie recuerda salvo por el nombre del colegio que lo corona. Dejamos, pues, el mar. Dejamos en las orillas de La Barrosa alfares romanos, restos de la Batalla de Chiclana, enterramientos calcolíticos de hace 5.000 años, hachas neolíticas… Mucha riqueza junto a ese mar por el que llegaron un buen día los fenicios. 

Casa del Guarda, en el Coto San José, tras la restauración

OLVIDOS 

Aún no se bien por qué, también olvidamos que en la calle La Fuente apareció un horno romano a finales de los años sesenta, a varios metros de profundidad. Metros de depósitos que el río había arrastrado en estos últimos dos mil años. Llama también la atención que se nos olvidara el nombre de La Banda: Chiclana la vieja, por su exhibición de ruinas de muros y hornos romanos desde el Puente Chico hasta El Fontanal. Nos olvidamos, y eso que los franceses invasores que vinieron con el hermano de Napoleón escribieron sobre esas ruinas romanas de una ciudad “cuyo nombre se ha perdido del todo”.  

Por seguir dándole al olvido no caímos en la cuenta que la línea de separación entre Chiclana y Puerto Real es, siguiendo el Camino de los Arcos, el trazado de la mayor obra de ingeniería romana de la comarca. Se trata del acueducto que desde el Tempul llevaba agua potable a Gades y que sólo tiene aún restos en pie en ese confín del término municipal de Chiclana. 

RIQUEZA ARQUEOLÓGICA  

A principios del siglo XX, el cordobés Enrique Romero de Torres dejó escritas a su paso por Chiclana referencias sobre la riqueza arqueológica del Cerro del Castillo, pero también eso se nos olvidó, bien ya por inercia o porque a nuestro historiador, Domingo Bohórquez, también se le olvidó o no lo quiso tener en cuenta. Hasta cuando se descubrieron los hornos romanos de El Fontanal y empezaron a aparecer pozos-silos prehistóricos, se dijo que distaban mucho del casco histórico, tanto como todas las villas romanas que se han encontrado dispersas por el término municipal. ¿A quién se le ocurrió la locura de pensar que en la Huerta Alta había restos romanos? 

ZONAS INUNDABLES 

Y ahora hagan el esfuerzo de imaginar que podemos quitar varios metros de tierra y barros depositados por el río Iro y que en su lugar ponemos agua salada entrando más allá de la Fuente de El Ejido y el Castillo, ocupando la Huerta Mata y llenando toda la zona baja donde el Iro hace sus meandros, justo por donde van a construir el nuevo puente. Imagínense un pequeño y circular mar interior abierto a unos esteros naturales de una riqueza incomparable.  

Allí se construye la futura ciudad deportiva de Chiclana. Zonas inundables, como Las Albinas, que están siendo ocupadas al tiempo que se avecinan cambios climáticos que incluyen riadas catastróficas y el Iro, aunque de cauce más ancho, no está domado. Recientemente se han colocado en dicho cauce, junto a los del Puente Grande, muchos pilares para soportar a una estrafalaria plaza justo en el sitio donde se produjo el gran tapón de esa riá que transformó Chiclana en octubre de 1965. Desde entonces, por aquí, especialmente desde los años noventa, no ha dejado de construirse chalés, bloques, adosados, viviendas auto construidas…  

LA CONSTRUCCIÓN HA TOCADO TECHO 

El asfalto ha cubierto los antiguos caminos y veredas de Chiclana. Ahora, ya, o la construcción sale a competir por la provincia o el paro aumentará. Y no tiene que ver con que haya cambiado el gobierno del Ayuntamiento, sino con la evidencia de que el modelo chiclanero de construcción y ocupación del territorio ha tocado techo, porque el gasto en infraestructuras municipales que genera, de seguirse con este ritmo, se desbordaría desmesuradamente y no habría fondos ni impuestos que lo colmara.  

Nos va ha hacer falta toda la creatividad y el tradicional empuje laborioso de Chiclana, porque ha crecido desmesurada y anárquicamente y hay mucho por hacer en una ciudad que pueblan ya más de cien mil habitantes cuando el sol arrecia. Apuesto a que también nos hemos olvidado de aquel viejo hotel con encanto perdido tras la presencia de la Guardia Civil, cerca de Sancti-Petri, en El Molino, frente a Cerromolinos y tras el Carrajolilla, justamente. 

PÉRDIDA DE LA AUTOESTIMA 

¿Podrían reconstruirlo, o ese verbo también tiene que olvidarse en Chiclana?

Nuestro pueblo perdió su autoestima y su cal tras el afeamiento que le sobrevino con la riá. Si habían caído los puentes Grande y Chico, el Tablao, el Teatro y el Jardín, podía desaparecer del mapa cualquiera de sus edificios. Y así fue, hasta que finalmente y por cabezonería, la Plaza Mayor tenía que ser más grande.  

Qué importa que se tirara al suelo una de las manzanas más antiguas de Chiclana. Y de regalo, le ponemos las torres a la Iglesia ¿Para parecerse a la de San Fernando? Ese perfil nunca lo tuvo Chiclana. El suyo fue el de una peña color albero, coronada por una torre-castillo que hoy está, como vergonzosamente oculta, sin poder tocar su río y a la que casi le empotran una estación de autobuses. No hay respeto paisajístico para el lugar fundacional de Chiclana. 

Y APARECIÓ EL YACIMIENTO 

Y entonces sucedió que un buen día apareció el Yacimiento -el principal, el de El Castillo- en una fotografía, lleno de ferralla. ¿Y no pisoteado? Lamentable. Toda una época caracterizada por el olvido y el descuido, ¡hasta la historia de Chiclana no empezaba sino en la Edad Media! Perfecto para olvidar, destruir y construir.  

Dense una vuelta por esa Chiclana antigua remozada, acérquense por los alrededores de la calle Convento y verán que además de faltar la casa y bodega de Paquiro, hay muchas edificaciones nuevas que han debido hincar sus cimientos en tierra sin que se excavaran arqueológicamente. Al oído te dicen: “¡De buena se han librado!”. 

Conozco, y no sólo yo, a una arqueóloga de Chiclana que cada vez que iba a visitar una obra antes de que destrozaran el subsuelo, intentando proteger los posibles hallazgos arqueológicos, terminaba en el Ayuntamiento pidiendo auxilio y tildada de fantástica. “¡Calladita estaría mejor!”, murmurarían en las filas gobernantes.  

Pero, milagrosamente, el yacimiento se salvó y han tenido el cuidado -lo de la ferralla habrá sido un desliz- de que las casas estén tan encima de él que, ¡desde ya!, sirva de reclamo para venderlas que tienen bajo su ventana los restos arqueológicos de la acrópolis chiclanera. El terreno sobre el que se asientan fue debidamente aplanado antes de que apareciera el citado yacimiento. 

RECONSTRUIR 

Con todo lo dicho y en contra de los arquitectos noveles que querrán dejar la huella de su estilo propio y actual, no suena tan mal que se emplee al fin el verbo reconstruir, pero no como han dejado la Casa del Coto San José que parece un chalé, sino con cal, loza de Tarifa y tejas claras; como las que antes tenía el Convento de las Agustinas.  

Chiclana ahora es más impersonal, menos auténtica y andaluza, y no le vendría mal que orientase la arquitectura del centro de la ciudad hacia la reconstrucción. Basta con copiar fachadas que han desaparecido. La ciudad ha crecido lo suficiente como para que se pueda construir fuera del centro histórico la nueva arquitectura. Háganlo por amor al casco histórico más destrozado de la provincia. 

JUAN RODRÍGUEZ BALLESTEROS

 


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