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El
estatuto andaluz a examen |
Desde
Antequera a Sevilla
por
Rafael Sanmartín
Así
cantaba la Niña de Antequera;
así contaba cómo había llegado “por la carretera andando, en
busca de la alegría que el alma le iba dejando”.
Durante
el franquismo la letra encerraba algo más de lo que se decía. Ahora
se descubre que en El emigrante Juanito Valderrama
cantaba por encima de los kilómetros de separación con su Virgen de
San Gil. Porque esa distancia marcaba el verdadero drama de aquel
tiempo: el de la pobreza que enviaba la gente a la emigración.
Pero el
generalito, como todo dictador cegado en su totalitarismo, no
sabía leer entre líneas. O sus censores no podían hacerlo, que ya
les hubiera gustado.
La Niña
de Antequera a lo mejor lo sabía. O tal vez no. Da lo mismo. Lo
importante es que, entre Antequera 1883 y Sevilla 2006, media un
abismo. Dos ciudades siempre sentimentalmente unidas, distanciadas
ahora por capricho de políticos.
Capricho o
necesidad estratégica. Más bien.
DIVISIÓN
ARTIFICIAL
No se
hace aquí referencia a la artificial división provincial, porque esa
línea imaginaria nunca enfrentó a dos ciudades tan vitales para la
historia de nuestra tierra. Mucho más artificial, por creada en
función del interés personal de quienes nunca creyeron en Andalucía,
es lo que marca diferencias: el abismo abierto entre
la Constitución Federalista
de Antequera de 1883 y el proyecto de Estatuto que los tres partidos
españolistas PSOE-PP-IU y algunos acólitos del primero, nos van a
pedir que suscribamos el próximo mes de febrero.
No
puede ser el día 28 -menos mal-, por imperativo de plazos legales:
deben mediar tres meses entre dos elecciones, y las municipales
serán, precisamente, el 27 de mayo. Mal día hubiera sido. El
aniversario de una victoria popular universal sería el menos propio.
Sería una burla al momento histórico en que Andalucía superaba a sus
políticos y conseguía colocarse entre las primeras.
ESTATUTO
INCONGRUENTE
De poco
nos ha servido. Es cierto. El abismo es tan infranqueable como
distancia hay entre reconocer la soberanía del pueblo andaluz
(Constitución de Antequera) y supeditarse constantemente a la
Constitución de 1978 y a la unidad de España (Proyecto de Estatuto). Innecesario
ejercicio de menosprecio a lo andaluz, pues
la Constitución obliga, se mencione o no. No es el único ¿qué más quisiéramos? Plagado
de incongruencias, este Estatuto sólo puede ser apoyado por quienes
quieran lo peor para Andalucía o quienes se deban a intereses
ajenos. Al final es lo mismo.
La
historia siempre pasa factura. Aunque la tergiversen. Confiemos que,
en esta ocasión, no la pase sólo la historia.
*Rafael
Sanmartín Ledesma es periodista, escritor y miembro del Centro
de Estudios Históricos de Andalucía.
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