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Antigua entrada
a Santa Ana. |
NUESTRA HISTORIA
Recuerdos de un escritor
francés en la Chiclana ocupada por Napoleón
Antoine Laurent Apollinarie Fée
aportó su visión de nuestra localidad desde el lado invasor
Si los últimos
artículos los dedicamos a algunos personajes u obras literarias
desconocidas por nuestra historiografía local (Van Halen, Ignacio Mª
de Álava, Romero de Torres, Castillo y Quartiellers y Autrán padre
e hijo), esta vez vamos a presentar un hallazgo de excepcional
interés por tratarse de un autor dándonos su visión de Chiclana,
desde el lado del invasor, en el momento más sangriento y
destructivo que ha vivido nuestra localidad.
Se trata de Antoine Laurent Apollinarie Fée
(1789-1874), un hombre muy culto: catedrático de botánica en
Estrasburgo y autor de numerosas obras científicas y literarias, una
de las cuales la dedica al teatro clásico español. Atravesó los
Pirineos con el ejército napoleónico cuando apenas contaba con
diecinueve años y permaneció en Chiclana algo más de uno, desde el 6
de febrero de 1810 al 5 de marzo de 1811. Su libro, Recuerdos de
la guerra de España llamada de
la Independencia (1809-1813)
publicado en Francia en 1856 y 1861, describe magistralmente
ciudades, paisajes, naturaleza, personajes, costumbres, monumentos y
cuantas vivencias y opiniones consideró de interés. Su gran
capacidad de observación nos lega información de primera mano sobre
la España de la Guerra de Independencia. A Chiclana le dedica más de
treinta páginas.
ODIO AL EXTRANJERO
Fue alojado en la casa de uno de los alcaldes de nuestro
pueblo, Ambrosio Muñoz, “patriota exaltado
-según cuenta- que hubiera deseado vernos en las antípodas y que
expresaba su odio por el extranjero con una energía y franqueza del
todo nuevas para mí”. Al entrar en casa de su anfitrión, fue a
cogerle las manos a una de sus hijas que vio más asustada y ésta le
respondió: ¡Señor, por Dios, las manos quietas! La otra, al
finalizar la guerra, se fue casada con un capitán francés al país
vecino. Su hermana patriota la vigilaba por afrancesada
y la llamaba la capitana. La mujer de Muñoz -refiere Fée- lo
trató como si fuese su hijo. De noche las jóvenes, para evitar
males mayores, se encerraban en su cárcel de alta seguridad.
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Chiclana hace
siglo y medio |
JARDINES, CASONAS Y
PINARES
De nuestro pueblo refiere lo que sigue: Chiclana encierra
de siete a ocho mil habitantes. Está situada entre dos colinas: la
una coronada por una bonita capilla dedicada a Santa Ana y la otra
por las ruinas de un castillo moro. En la rivera izquierda -La
Banda- de un pequeño arroyo casi siempre seco, que divide al
pueblo en dos mitades desiguales, se encuentran algunos vestigios de
muros y edificaciones romanas que señalan el lugar de un
asentamiento del todo perdido, incluido su nombre. Los comerciantes
de Cádiz, confinados en una ciudad sin terreno, vienen a Chiclana a
olvidarse de sus trabajos. En ella encontramos deliciosos jardines,
adornando a elegantes casonas, y pinares que les dan sombra. El aire
es puro y sano. Muchos de sus habitantes habían emigrado y la
pequeña villa, atestada de tropas, había perdido su coqueta
fisonomía.
VIENTO QUE ATIZABA
LOS CRÍMENES
Corridas de toros con cañonazos de fondo, peleas de gallos y
fiestas en las azoteas al fresquito de las noches de verano son
descritas con singular ojo crítico. A sus compatriotas franceses,
faltos de café y tabaco y sobrados de vino, los veía irritables y
algo bordes en el habla; refiere que poco a poco fueron ganados por
la melancolía, no faltando entre ellos los suicidios. Pronto, los
asediadores, libres en apariencia, se llegaron a sentir como pobres
exiliados y, en los días de levante -ese viento que atizaba los
crímenes- morían ocho de cada diez franceses que caían
asesinados en la localidad, según las estadísticas.
Describe los poblados de barracones que se levantaron en las
afueras de Chiclana y, por supuesto, la muerte del general de
artillería Sénarmont, enterrado en Santa Ana bajo el altar,
no sin antes habérsele sacado el corazón que estuvo algunos días
expuesto en la capilla antes de ser enviado a su familia.
TAMBORES, TIROS Y
EL RUGIDO DEL OCÉANO
Le
gustaba a Fée dejarse caer en la roca que hay junto a la ermita:
Me ocultaba de todas las miradas y a la vez me daba sombra...
desde allí podía ver indistintamente
la Isla de León y Cádiz y una gran extensión de mar que numerosos barcos
cruzaban.
A veces la noche me sorprendía sobre mi roca, un espectáculo
nuevo me entraba por los ojos. Los fuegos de los dos ejércitos
iluminaban toda la línea -el Caño de Sancti-Petri- algunas
ventanas se veían iluminadas desde
la Isla de León, Cádiz se veía sobre el horizonte como figura incierta. El faro
alumbraba como suspendido en el aire y, cuando al fin los tambores
se batían en retirada, se escuchaba el rugido profundo del océano
sólo turbado por el ¿quién va? de los centinelas. A veces el eco de
un tiro repicaba en los bosques vecinos.
DELICIAS
CULINARIAS
Mucho se sorprendió cuando encontró un buen día por los
campos bolas velludas y embarradas, colocadas en el suelo. Al
acercarse, vio que eran cabezas de personas que estaban agachadas y
metidas en fosas hechas en la tierra -como si de bañeras se tratase-
para curarse enfermedades de la piel con fangos sulfurosos:
inmóviles como fakires. De lo culinario, señala algunos platos
-olla podrida, ropa vieja, gazpacho y duelos y quebrantos- y mucho
azafrán y pimienta. El atún se conservaba en tarros con aceite y
sal. Los domingos había pichones sobre la mesa.
EL EMBRUJO DE LA
SIESTA
En verano, Fée, llegó a adaptarse a las costumbres españolas.
No pudo resistirse al embrujo de la siesta. En esa época, la calor,
era sinónimo de fiebres malignas. Arreciaba, un año si y otro no, la
epidemia de fiebre amarilla o vómito prieto que mataba a manojitos.
Una noche don Ambrosio -a quien por cierto la documentación
histórica nomina como Antonio- le preparó una fiesta en la
azotea, iluminaron la calle, invitaron a sus compañeros de armas y
le regalaron una moneda romana acuñada en Gades y un dibujo con
una vista de Chiclana desde Santa Ana. Todas las caras se
veían alegres, incluso la de la segunda hermana que olvidó por unos
momentos que era su enemigo...
Mis camaradas, que
sabían que doña María tenía buena voz, le rogaban una canción. Ella
se resistía, pero al fin, tras mucho perseverar y las consiguientes
súplicas, se puso a cantar con un buen timbre de voz que el silencio
de la noche potenciaba. El estribillo de la canción patriótica decía
lo que sigue: ¡Vivir en cadenas! ¡Cuán triste es vivir! ¡Morir por
la Patria! ¡Qué bello es morir!... la canción patriótica se escuchaba en las casas
vecinas y voces de mujeres jóvenes repetían el estribillo.
Fée destaca
letras de Arriaza y Quintana entre los cantos
patrióticos. Como se ve, nadie engañaba a nadie. Y es que don
Ambrosio no paraba de repetir: ¡Todavía la jaca está viva! y
los franceses tuvieron que reconocerlo.
JUAN RODRÍGUEZ
BALLESTEROS