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El Padre Salado durante una charla |
Hizo voto de pobreza, se
inscribió en el padrón de pobres, lo excomulgaron y fue agredido
por los caciques del pueblo
Padre Salado, cura
sindicalista, defensor de los obreros y los más necesitados
Fundó el Sindicato de Obreros
Viticultores de Chiclana y la primera escuela, Pan para Pan
El médico Juan Rodríguez nos ofrece en este artículo su visión
sobre el Padre Salado, un chiclanero que fue un activista social y
cultural, al que llamaron apóstol de los obreros por la
defensa que de éstos hizo. También fundó la primera escuela, Pan
para Pan, donde hoy se ubica el centro de salud de La Banda que
lleva su nombre.
Dos chiclaneros, figuras renombradas de la Iglesia Católica,
brillaron con luz propia a principios de los siglos XIX y XX: El
Magistral Cabrera y el Padre Salado (Fernando
Salado Olmedo). El primero, suficientemente estudiado, no puede
ocultar, ni quiere, su origen plebeyo. El fundador de la Real
Sociedad Económica Gaditana toma su copa de vino todas las tardes
con el Tío Carando, cantaor gitano de la cuadrilla de
Paquiro. Ocupa, sin embargo, el segundo puesto entre los más
reconocidos botánicos gaditanos tras Celestino Mutis.
Tan amigo de un majo, como de la
primera romántica española, Frasquita Larrea. Tan enérgico
como para arrebatarle el cadáver a la turba que pretendía ahorcar al
ya asesinado General Solano. Cabrera era un hombre ocurrente
y bondadoso en extremo, muy querido y respetado. Tuvo por discípulos
a Juan B. Chape, Lucas de Tornos y José Mª López.
Los dos primeros se repartirían su magnífico herbolario tras su
muerte. López continuará sus trabajos sobre la cría de la cochinilla
y la grana. Cabrera, en disputada oposición, se adjudicó el
sillón magistral de la catedral de Cádiz frente al ilustre exiliado
liberal José Blanco White. Fue un hombre de talento, una
eminencia.
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Escuela
Pan para Pan fundada por el Padre Salado |
PADRE SALADO
Y si en el Cádiz de principios del siglo XIX destacó tan prestigioso
prelado chiclanero, en la Chiclana de principios del siglo XX, el
Padre Salado, que llegó a levantarle un monumento al Magistral, dejó
su huella imborrable como activista social y cultural. Era de los
regeneracionista que creían en la justicia social como deber
cristiano. Le llamaron Apóstol de los Obreros por su labor al
frente del Sindicato de Obreros Viticultores de Chiclana. Por él
tuvo la calle Obreros tal nombre, reuniendo en asamblea, en
noviembre de 1914, a más de tres mil de ellos.
En el campo de la enseñanza su obra fue
un hito en la historia de la escolarización de La Banda. Fundó la
primera escuela de su Triana, como él la llamaba, la del Pan para
Pan (pan para todos, todo para todos, todos para el pan) cedida
en 1918 al Ayuntamiento de nuestra ciudad. Fue un hombre valiente,
culto, echao pa lante, un hito en la historia local del siglo
XX. A él también le debemos la lápida conmemorativa de la Batalla de
Chiclana, la dedicada a D. Leandro Fernández Galindo y el
busto de Antonio García Gutiérrez.
HOMBRE PECULIAR Y COMPROMETIDO
Pero llegó a ser amenazado y agredido por los caciques -como
él los llamaba- en 1923. Detenido y encarcelado injustamente, como
Pedro Saucedo en 1920. Condenado blasfemo, por juez
eclesiástico adverso con testigos falsos, se le prohibió acercarse a
la catedral, oficiar misa y hasta salir en procesión. Finalmente lo
excomulgaron y, habiendo entregado todos sus bienes incluida bodega,
al Sindicato de Obreros Viticultores que él fundó, hizo votos de
pobreza y se inscribió en el padrón de pobres. Murió en 1957. Vivió
con un ataúd bajo la cama, escenificando la ausencia de miedo a la
muerte con la intensidad dramática de quien se sabe amenazado y
perseguido. Un abogado y un juez se la tenían sentenciada.
¡YO ACUSO!
Cómo no destacar su faceta de escritor. No creo que en la Chiclana
del siglo XX, escasa en producciones literarias hasta que murió
Franco, halla quedado testimonio biográfico más exaltado y
auténtico que el perfil que nos presenta el libro ¡Yo acuso!
del Padre Salado.
Momento estelar de su biografía fue, cuando, casi postrado en
tierra, oyó nocturna la voz potente del Santo Cristo de la Vera Cruz
proclamando su ¡Yo acuso! -título de un conocido escrito de
Émile
Zola-, contra los caciques, sus
esbirros y el clero que condenó a su fervoroso sacerdote. El Padre
Salado habla a través del Santo Cristo y éste a través del Padre.
Fue entonces cuando llevó en promesa la fotografía de la imagen
chiclanera a Roma y Madrid. En el bolsillo de su trabajada y sucia
sotana nunca faltaría la estampa protectora.
Con dicha imagen se inicia el libro
¡Yo acuso! puesto en boca del Santo Cristo, seguido de las
cartas que en su defensa, Salado, escribió. Se plegaron, los
eclesiásticos, a las exigencias de los caciques chiclaneros, sí
bien, tampoco le faltaron enemigos en el seno mismo de la jerarquía
diocesana por sus denuncias contra los privilegios. Continúa el
libro desglosando en varios apartados las acciones sociales y
culturales protagonizadas por el sacerdote.
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Aquí estuvo la sede del Sindicato de Viticultores |
BIÓGRAFO
Y, al final, un artículo publicado en el
Diario de Cádiz el 15 de abril de 1914 confirma la inclusión
de Salado entre los biógrafos de Cabrera, titulado: “La Patria
canta, la Ciencia aplaude, la Iglesia bendice al Magistral Cabrera.
Apuntes para su biografía e historia”. Comienza con una frase
del Padre Félix que Salado hizo realidad: “Tu pueblo si
quiere honrarse, te levantará un día una estatua”. Transcribe la
partida de bautismo, la de defunción y una necrología de Cabrera,
así como las lápidas que el obispo Arbolí le puso en su tumba
y casa natal.
Entra en materia dando nota de la
relación del Magistral con el Director del Real Jardín Botánico de
Madrid, Mariano Lagasca, no dejando atrás las renombradas
citas del Padre Coloma y de Adolfo de Castro. Rastrea
diccionarios de la época, obras biográficas sobre Cabrera (Salcedo
Ruiz y Pérez Fernández) y artículos de prensa (De la
Escalera, León y Domínguez, Fabié y
Fortun de Torres) y finalmente se reserva una sorpresa
bibliográfica al hacerse eco de un artículo de la revista
Scientific American de New York que proclama al
botánico chiclanero Linneo español.
DEFENSOR DEL POBRE
Salado era por tanto, también, un hombre
de letras; infatigable en la patética defensa de su dignidad
eclesial mancillada. Pero, por encima de todo, un defensor del
pobre, del obrero. Se hizo, por convicción o protesta, como uno de
ellos. Y arrastró su misérrima condición en los gélidos días del
franquismo, cuando aún los turistas no habían llegado a nuestras
costas para ponerle color al país en blanco y negro que fuimos.
Sólo algunas manchas rojas salpicaban el
horizonte -1906, 1936...- y el Padre Salado nunca dejó de
denunciarlas. El Gobernador Civil tuvo que ponerle escolta en varias
ocasiones. Preguntado mi amigo Diego Rendón por el carácter
de Salado me contestó, usando terminología taurina, que era “un
hombre bragao”, que no se achicaba ante nada ni nadie: un
sindicalista. La derecha, sin embargo, dijo de él que se suicidó,
intentando quizás encerrar su memoria con las siete llaves del
infierno.
JUAN
RODRÍGUEZ BALLESTEROS |