Teléfonos de muerte... y esperanza

   Más de una decena de teléfonos móviles sonaron a la hora prevista. La masacre comenzó. Las bolsas estallaron y su contenido sembró de muerte y desolación unos vagones hasta ese momento tranquilos, con miles de caras aburridas, con las huellas del sueño y del madrugón en los ojos, con la rutina de cada día en sus cuerpos. No tuvieron tiempo para darse cuenta de lo que sucedía. Salieron despedidos por las ventanas y puertas, otros cayeron encima de algún pasajero todavía preguntándose qué pasaba, mientras varios de ellos quedaban destrozados entre los restos del tren de cercanías que les transportaba a su destino.

   La suerte hizo que uno se retrasase varios minutos, evitando así una catástrofe todavía mayor. Por una vez, un retraso del ferrocarril había servido para algo. Si hubiese estado a su hora, el estallido de las bombas le habría cogido en la estación más importante, en el momento de mayor tráfico de viajeros, ocasionando muchas más víctimas y daños materiales. Los otros dos lo hicieron en el momento previsto. También aquí la suerte jugó a favor. Ese día, cientos de estudiantes habían faltado a clase al estar en huelga. De no ser así, habrían estado en el sitio preciso en un mal momento y ahora hablaríamos de dos mil o tres mil muertes en vez de más de doscientas.

     Así mismo, se salvaron los que ese día sobaron las sábanas de sus camas unos minutos preciosos, que se sobresaltaron al comprobar que llegaban tarde a coger el tren y también al trabajo. Nadie les reprochó el retraso. Éste les había salvado la vida. Habían vuelto a nacer, como lo hicieron los que viajaban en otros vagones.

    El caos era muy grande. Cientos de personas corrían de un  lado para otro en busca de supervivientes o de los familiares y amigos que venían en el tren. Los allegados de las posibles víctimas marcaban los números de los teléfonos móviles de sus hijos, hermanos o padres en busca de la voz tranquilizadora, pero muchos de ellos permanecieron silenciosos a pesar de la insistencia del dedo marcador. La imagen era macabra, dantesca.

    Había miles de heridos y decenas de muertos entre los revoltijos del tren, los ruidos de los coches se mezclaban con los de las sirenas de las ambulancias, la policía y bomberos, con los gritos pidiendo ayuda, con los quejidos de dolor de los heridos y de los lamentos de las personas que se habían salvado del genocidio. La suerte, una vez más ese día, fue la aliada de un voluntario que recogía enseres. Halló una bolsa, la cogió y creyendo que pertenecía a alguno de los afectados por la explosión la entregó a la policía. En el cuartel la abrieron, descubriendo dentro más bombas, que no habían explosionado al no funcionar el teléfono móvil que debía marcar el momento del horror. Nunca se sabrá si se quedó sin cobertura y por esa causa no sonó, evitando más muertes, o si estaba averiado, o... La tecnología punta había servido para una escabechina.

    Y en medio de esta marabunta de sentimientos y sensaciones, de miedos y odios, los teléfonos móviles de las personas reventadas por las bombas seguían sonando, y sonando, y sonando, impertérritos, como si la catástrofe no fuese con ellos. Nadie respondía a las llamadas. El silencio era un mal presagio para las personas que marcaban con dedos temblorosos unos números que no lograban el efecto ansiado: Oír la voz deseada diciendo: “¡¿Dígame?!”.

    En vez de esas voces amigas se escuchaba en ese lugar caótico un sonoro concierto de sintonías horteras, de canciones infames que herirían la sensibilidad de los finos oídos de cualquier persona con buen gusto. Pero no estaba el entorno para semejantes sutilezas. Los teléfonos móviles de los muertos siguieron cantando su macabra canción sin que nadie les hiciese el menor caso. En otro punto, alguien esperaba una respuesta a esa llamada, que nunca llegó. Después sabrían el porqué de ese silencio.

   P.D. Con cariño y pesar por los que perdieron la vida en los salvajes atentados del pasado 11 de marzo en Madrid.


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