Román Midas nos trae carbón en vez del oro prometido

 

Cuenta la leyenda que había un rey llamado Midas. Pero tenía un defecto: quería para él todo el oro del mundo. Un día le hizo un favor a un dios y éste le dijo que le pidiera lo que quisiera y se lo concedería. “Quiero que se convierta en oro todo lo que toque”, dijo Midas. El dios le respondió que era un deseo muy tonto y que le podría traer problemas, que se lo pensase, pero Midas le contentó que era eso lo único que quería, por lo que el dios accedió. Y fueron convirtiéndose en oro los vestidos que llevaba Midas, una rama que tocó, las puertas de su casa. Hasta el perro que salió a saludarlo se convirtió en una estatua de oro. 

Y Midas comenzó a preocuparse. Lo más grave fue que cuando quiso comer, todos los alimentos se volvieron de oro. Midas no aguantó más. Salió corriendo, espantado, en busca del dios. Éste le comentó que ya se lo había advertido y que no podía librarle del don concedido. Pero le dio una última opción: “Ve al río y métete en el agua. Si al salir no eres libre, ya no tendrás remedio”. Midas corrió hasta el río y penetró en el agua, conforme a lo ordenado por el dios y su poder desapareció; desde entonces el río tiene color dorado por la existencia de arenas auríferas.  

Cuenta la realidad que en Chiclana hubo un político que quería la ciudad para él. Hizo cuanto estuvo en su mano para llegar a lo más alto, sin importarle cómo. No le importó ser el más odiado de sus compañeros, torear los morlacos más fieros o que le partieran la cara una y otra vez. Al fin logró su propósito, aunque para ello fuera necesario engañar a sus ciudadanos y entrar por la puerta de atrás. Tanto esfuerzo, ingrato, le hizo creer que Chiclana era suya aumentando tanto su soberbia que no supo ver que no era querido por sus súbditos, perdiendo la mayoría que ostentaba. Con ello perdió también el poder.  

Fue tanto lo que le dolió que no dudó en volver a emplear métodos poco recomendables como la mentira y el engaño para recuperar el sillón. Una vez repuesto, en vez de haber aprendido la lección como el rey Midas, volvió a las andadas por aquello de que la cabra tira al monte y ya se sabe que donde hubo poder y prepotencia no se quita de un plumazo, por mucho cambio de talante que una concejala mentirosa haya querido ver para justificar su traición a sus antiguos compañeros de gobierno y aliarse con su hasta ayer enemigo político. 

Ese regidor, Román, volvió a engañar a los empresarios, comerciantes y hosteleros cuando les contó su cuento de la buena pipa en un encuentro con ellos en el Teatro Moderno. Pero lo más grave no es que les engañase, sino que éstos se dejaran y en vez de correrlo a gorrazos se callaran y se fueran a sus casas a ver el partido del Real Madrid que, al parecer, era más importante que la situación de Chiclana, con diez mil parados y cerrando empresas cada día. Como dijo aquél, “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. Y el Iro, en vez de aguas de oro, lleva aguas pestilentes y mortíferas. Como las promesas de nuestro alcalde.


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