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Hipólito Faya,
Polo, un artista de la vida |
Hipólito Faya, Polo, se ha ido
a recitar el Quijote al más allá
Vivió mucho y muy deprisa, y supo
lidiar con arte los tiempos difíciles que le tocaron en suerte
El pasado 17 de marzo fallecía Hipólito Faya,
conocido por todos como Polo. Tenía 77 años. Su vida de excesos
llegó a su fin, también sus paseos por la calle La Vega, sus
charlas, las proclamas republicanas y los sablazos (con arte) a los
amigos.
En los últimos meses a
Hipólito Faya, Polo, ya no se le veía por las calles del
centro, su estado de salud había empeorado. Elegante casi siempre,
dejó paso a una persona despreocupada de su aspecto físico. Aun así
era un regalo verle cada día, charlar con él de cualquier cosa,
comentar los últimos acontecimientos del pueblo. Me habría encantado
saber su opinión sobre la debacle socialista en Chiclana, ya que
siempre fue muy crítico con este partido.
Republicano de toda la
vida, Polo lo llevó a gala incluso en tiempos de la dictadura,
cuando no se podía alzar la voz y gritar en medio de la calle “¡Viva
la República!” podía llevarte a la cárcel, como le ocurrió.
Amante de Cuba, se pulió en ese país los cinco millones de pesetas
que le tocaron en los ciegos, se echó una novia joven y guapa, con
la que se casó para que pudiera venirse a España y que le dejó en
cuanto vio la ocasión.
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| El día que
se presentó el libro sobre su vida |
VIDA DE PELÍCULA
Vivió muy deprisa, desde
niño, sus excesos le pasaron factura, aunque como dijo en una
entrevista que le hice en 2001, “he vivido y bebido mucho, pero
no me arrepiento de nada de lo que he hecho”. Éstas y otras
vivencias fueron publicadas años más tarde en el libro que hizo
Antonio Estrada, Mamá en Cái y papá en Canarias (Historias
del Polo), presentación a la que acudió lleno de cortes en la
cara tras el afeitado y portó, orgulloso, la gorra comunista. Fue su
gran día y firmó muchos libros. Estaba radiante.
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A Polo lo echaremos de menos |
Polo vivió en Francia como
refugiado, estuvo en el Partido Comunista italiano de Berlinger,
Pau Casals le apadrinó y le mandaba cada mes desde
Puerto Rico mil francos, “más de lo que ganaba un obrero de la
Renault”. Cuando viajó a Berlín
no le dejaban estar en el aeropuerto, “tampoco
podía pasar a la parte oriental porque allí no reconocían lo de
refugiado”.
Su caso llegó al Parlamento berlinés y “me concedieron la
estancia, pero no me dieron trabajo, por lo que me tuve que ir hasta
la otra Alemania y regresar a París”.
Después de muchas borracheras, de pronto, gracias a su amigo
Manolo Pastrana, presidente de Archi, fue a un centro de
Córdoba donde tras dos meses y medio tratándose, volvió a Chiclana
para no probar ni una gota de alcohol más.
Don
Quijote, del que era ferviente admirador, le echará de menos.
Descansa en paz, Polo, te lo has ganado con creces.
PACO LÓPEZ