La libertad de expresión está siendo pisoteada continuamente

Ejército de lenguas cortadas

   En una época en la que la libertad de expresión, lamentable, sigue estando ausente en muchos países del mundo, y en el nuestro también (PUENTE CHICO lleva vetado por el PSOE doce años y medio), este relato de A. M. Eumenia viene como anillo al dedo para denunciar algo que en el siglo XXI debería estar desterrado por todos los regímenes políticos y mucho más aún en un Estado que desde hace veinticinco años tiene una Constitución que contempla como un deber sagrado la libertad de expresión y de información de todos los ciudadanos.

 

   Entre los restos de una ciudad construida con escombros, donde los edificios menguaron sus cimientos para levantar casas tapiadas y ventanales con auxilios encerrados, donde entraba una sola voz, mas no las suyas; un grito de batalla ahogada en el eco de su garganta lanzaba el último aplauso de un líder magullado por los dedos del abandono y, como único respaldo, la escuálida desidia de seguidores invisibles.

   Perros ansiosos encabezaban un ejército de hienas dictadoras, marcando en tinieblas el camino con sus dos mil linternas azules, parpadeantes y exactas. Erguidos sus clónicos y arios cuerpos, cargando a hombros mochilas provistas de mensajes inciertos, agrietaban bajo los pies acatados al compás, el desolado asfalto.

   Hacia el patíbulo sediento de condena, los sabuesos arrastraban sus lenguas.

   Bajo una estrategia maquinada, revisar los silencios de cerebros cuadriculados con la limitación de sus pensamientos con guiones ideados o por falta de valentía; los verdugos babeaban victoriosos al comienzo de un ahorcamiento donde se apagaban las luces de las vidas.

   El estrado de letrinas sociales masticaba el ingenio de los sesos, rociados con champán de una agria cosecha.

   El crujir de un cuello arrancó la respiración del pueblo. Los perros dejaron de ladrar con gula por devorar a inocentes con estómagos carentes de lenguaje, y en silencio rugían de hambre los cobardes sin labios. La gente cubría sus cabezas con mantas hechas de las mismas dudas. Las mujeres cortaron sus pechos ante el temor de alimentar con su leche los pensamientos de futuros engendros. Así fue como la simpleza tomó el mando.

   Ajeno a la ejecución, un niño preguntó a un soldado el porqué de aquella muerte, ignorante de los grilletes clónicos que rodeaban sus muñecas como un futuro condenado.

   Nadie oyó el tecleo desde un vertedero, donde alguien escribía un artículo sobre verdades clandestinas arrojadas a la basura.

A. M. EUMENIA

 

 

volver