Canto a Chiclana a propósito de Camarón de la Isla
¿Dónde estarás, protagonista de aquellas mis noches de insomnio, recordando atontado ese primer beso furtivo que se me escapó y tú protestaste complacida? La niña rubia de las trenzas que acaparaba miradas de envidia femenina y deseos de amor entre los chavales. ¿Dónde estará ese árbol centenario, no tocado por el rayo machadiano, donde grabamos nuestros nombres y nos dimos el primer beso de un amor que creíamos eterno y resultó tan efímero? ¿Dónde han ido las personas y detalles que tanto nos han emocionado y hoy son sólo reflejos en el recuerdo? AVES DE PASO La nostalgia, el volver la vista atrás, es como releer ese libro que tanto nos impactó y necesitamos recrear cuando añoramos algo bello e irrepetible. Una de las ventajas que poseemos los que hemos pasado el Rubicón de nuestra vida es que los recuerdos no nos duelen, sólo producen añoranzas. Decía Jorge Manrique que “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”, pero son ríos cargados de recuerdos que fluyen y se nutren en nuestro diario acontecer hasta desembocar terminado su cauce en ese mar desconocido que llamamos esperanza en un mundo mejor que el que acabamos de dejar.
Todo cambia, decía el filósofo y tenía toda la razón. Nada es igual que ayer, ni será lo mismo que mañana. Somos aves de paso por un mundo con excesivas fronteras y pocos soportes donde descansar en nuestro continuo movimiento. El que ayer fue la representación del éxito y la popularidad, hoy queda convertido en un recuerdo que sólo regresa a la memoria cuando por alguna causa es recordado. CAMARÓN SIGUE VIVO Hoy está dando la vuelta al ruedo de la noticia el nombre de Camarón de la Isla, discos, recuerdos y hasta una película sobre su vida que él jamás pensó fuera objeto de interés para el celuloide. Gozó la fama en vida, disfrutó de los muchos placeres que ésta ofrece a sus privilegiados y se marchó buscando esa estrella donde le habían reservado su tablao. Su voz continúa entre nosotros. Es la ventaja que tienen los buenos artistas, que se proyectan más allá de sus dimensiones humanas. He de aclarar que el flamenco me gusta en pequeñas dosis y en los momentos y escenarios adecuados, cuando el alma se siente inquieta y necesita una válvula de escape por donde deshacerse de sus particulares demonios. Es un arte muy especial y difícil. Como buen andaluz, siento la letra y el rasgueo de la guitarra recorrerme los entresijos de mi anatomía y hasta se elevan mis pelos como afiladas puntillas cuando el cantaor y el ambiente alcanzan su cenit. Camarón tenía ese arte y ese duende escondido que él sabía sacar siempre que actuaba, porque se trataba de un profesional como la copa de un pino.
Yo tuve el placer de conocerlo, tratarlo y oírlo personalmente en momentos inolvidables que marcan toda una vida. El escenario, un bosque de pinares, eucaliptos, romeros y otras plantas multicolores de una playa de blanca y cuidada arena del estrecho de Gibraltar. VELADAS INOLVIDABLES Y este recuerdo del ayer me traslada hasta esa tierra maravillosa y entrañable donde aterricé en este mundo, mi Chiclana de la Frontera, y a ese atardecer en su playa de La Barrosa, donde las puestas de sol se recogen en postales para poder contemplarlas cuando necesitamos llenar nuestra retina de belleza. A esta playa, con sus atardeceres ocres y anaranjados cuando el sol desaparece en lontananza, coronando ese horizonte infinito sobre un mar que parece interminable, me refiero en estos momentos de añoranzas.
Allí contemplé y gocé la gracia, el arte y la grandeza del flamenco gracias a Camarón, Rancapino, José Menese, Chato de la Isla y otros artistas. Todo en plan amistoso, sin intereses económicos de por medio. Éramos un grupo de amigos y paisanos con los que alternábamos en nuestras vacaciones veraniegas, a los que se unían Casilda Varela, Fernando Quiñones, Félix Grande, etc. He de destacar a Antonio Marín, alma y vida de estas inolvidables veladas, hijo del más célebre artesano de la provincia gaditana por sus incomparables muñecas, famosas en el mundo entero. Unos auténticos aquelarres donde dominaba el duende y embrujo de la copla andaluza con sus aires tristes y desgarrados.
EMBRUJO Todo resultaba fantasmagórico y alucinante. La negritud impenetrable del horizonte, el monótono e inquietante movimiento de las olas y la placidez silenciosa del bosque circundante. Alumbrando el entorno, la fogata donde se consumían cuantas ramas y hojarascas encontrábamos, que aromatizaban el ambiente mientras crepitaban y saltaban en numerosas chispas. La guitarra rasgaba el aire y enmudecían grillos y cigarras, al tiempo que se alzaba la voz bronca, cazallera y gitana del cantaor. Completando el embrujo, poseído por el hechizo del momento, el cojo Farina se arrancaba con un baile frenético de manos y pies y transfigurada su expresión. Su taconeo, a pesar de la cojera, iba marcando profundas huellas sobre la arena donde se hundían una y otra vez. Era realmente fascinante verle realizar esos giros y saltos, mientras aguantaba estoicamente el enorme sufrimiento. A esta insólita representación artística acompañaba el exquisito vino de la tierra como complemento de ese pavo recién asado, que momentos antes se había robado en el corral familiar de uno de los participantes. Algo místico, esotérico, muy difícil de bloquear en nuestra memoria.
RECUERDOS Este es el recuerdo que me viene a la mente en estos días que tanto se habla de Camarón de la Isla, esa isla de mis amores, donde antes de su gloria y sus sueños realizados, su familia vivía modestamente con los ingresos que proporcionaba una fragua, que ya habrá desaparecido como tantas otras cosas y recuerdos, situada en la calle de la Amargura, que en mis tiempos juveniles era la que el hombre frecuentaba porque en ella se hallaban las casas donde alquilaban unos momentos de placer para apagar nuestros ardores.
FÉLIX ARBOLÍ, periodista |