Si en vez de llamarse Antonio Canales se llamase Pepito Pérez dudo mucho que el Teatro Moderno hubiese registrado un lleno y que el público le hubiese dedicado no sé cuantos minutos de aplausos y bravos. Está claro que el nombre es lo que vende y los que van a ver ese producto no les importa que sea bueno, malo o regular. Sólo parece importarles decir algún día que yo vi a aquel gran bailaor una vez que vino por Chiclana.

   Porque eso fue en realidad lo que pasó. Antonio Canales no vino a bailar, porque esto lo hizo poquito, tres bailecitos y poco más. Trajo a otro joven bailaor y a una bailaora, que lo hicieron muy bien, sobre todo él, que a pesar de ser el alumno creo que en general gustó más que el maestro. Dos guitarristas, un músico que tocaba el cajón y dos cantaoras, más otro que se sumó al final. Perdonen que no les digamos quiénes eran porque por no traer no trajeron ni un mísero programa de mano.  

    Hasta el pasado 24 de mayo, era mi bailaor favorito, por encima de Cortés, El Pipa  y otros. Desde ese día, ha dejado de serlo. No es que bailara mal, no, es que el espectáculo que trajo no es propio de un hombre con ese nombre y caché. Parece como si en vez del Bailaor, que llevó a Jerez o Córdoba (donde le dieron por todos lados), fuese uno más de sus ensayos de futuros montajes. No es de recibo que actúen más los que vienen con él que él mismo, porque no debe olvidar que el público pagó 12 euros por verle sobre todo a él.

LIENZO EN BLANCO

   En el programa de invierno dice Canales que “intentaré comunicar la desnudez del flamenco, como si el escenario fuera un lienzo en blanco en el que cada uno de los artistas pintase su arte”. Por lo visto el mes pasado, me temo que el lienzo quedó con muchas partes en blanco. Eso sí, público puesto en pie, bravos y olés. Un amigo dijo al salir que “este público es excesivamente generoso, no es para tanto”. Estoy de acuerdo con él. En ese público, y sálvese el que pueda, estaban la mayoría de los que sólo acuden ante los grandes nombres, incluido el alcalde. Cuando no los conocen hacen mutis por el Moderno, aunque sean socios o amigos del teatro, por eso hemos visto geniales conciertos con cuarenta o cincuenta personas, o menos.

   ¿Me habré vuelto muy exigente o me estaré haciendo mayor? Tendré que investigarme a mí mismo para conocerme interiormente, porque últimamente salgo a cabreo por actuación de famoso. Una semana después venía de nuevo El Brujo. Tras el fiasco del año pasado me temo lo peor. Ya les contaré.

PACO LÓPEZ

inicio