Hay que recuperar las casapuertas para las parejas

Recuperemos las casapuertas

   Cuando era niña oía hablar de los encuentros amorosos de nuestros abuelos en las eras y pajares de los pueblos, aunque no lo comprendía porque debía ser muy incómodo holgar sobre la paja, clavándose ésta en la espalda de los amantes, impetuosos y apresurados, y poco dispuestos a perder una pequeña parte del tiempo del que disponían para buscar sitios más apropiados.

    Ya mocita, vivía en la ciudad y el sitio preferido eran las murallas que rodeaban la urbe, dando al mar. A nuestras espaldas paseaban muchas parejas, que solían mirar hacia otro lado como muestra de complicidad, porque cuando alguno de los habitáculos se quedaba vacío, era rápidamente ocupado por una de ellas, que a la vez servían de silenciosos guardianes nuestros. Alguna vez, en el fragor, se me cayó al mar uno de mis zapatos, debiendo volver a casa cojeando y buscando una disculpa convincente.

    También teníamos coches donde realizar nuestros escarceos, pero los mejores recuerdos los guardo de las casapuertas, donde me introducía, de madrugada, con mi pareja, cuando el deseo carnal era perentorio y urgente. Con la espalda del gañán apoyada sobre la puerta para impedir la entrada de algún vecino, nuestros cuerpos gozaban con salvajismo, siendo la prisa por un desahogo más importante que la comodidad. A ello se unía el riesgo y el morbo de ser sorprendidos en plena batalla.

    Esto ya no es lo que era. En los últimos tiempos he perdido momentos de placer, irrecuperables, al estar las puertas cerradas. Ahora, que existe tanto interés en nuestra historia, hay que recuperar las casapuertas para los amantes, porque en estos envites hemos sido engendrados muchos de nosotros. Rindámosles a ambos el homenaje que se merecen. ¡¡¡Ninguna pareja sin casapuerta!!!

MORBOSA

   

volver