Hoy envolveré para ti con satén el silencio...

    Convenceré a mi espalda para se que deje cubrir a medias por las sábanas y corra el rumor entre las piernas que esta noche, entre el letargo de las ventanas, la humedad de las cortinas, entre el sudor de las hojas de mis geranios y las ganas de beber de mi vaso en la mesilla, entrarás caluroso como cada año.

    Le diré, fingiéndome dormida, a mis muñecas, que abrazan a ratos a una almohada,  ocultando la mirada de un ojo y dejando vigía el otro destapado por la tela, que hoy no se cierran los cristales. Daremos entonces libertad para bailar a las persianas y los pestillos; a partir de las doce, no trabajarán para que entres escurridizo  como cada año.

    Contaré con mis tobillos para una nueva complicidad, creando una asamblea corporal, ellos, yo y mis dedos. Nerviosos, comenzarán a temblar la prisa de otra estación.

    Y otra vez dejaré que me despiertes con tu lengua, pidiendo a la madrugada que calle y no celes su presencia. Sí, mi cielo, no celes su presencia, que ella calla, y esperaremos ambas dando la bienvenida al nuevo solsticio.

    Pequeño te vas creciendo en las cuatro paredes de mi cama.

    Hombre te vas formando en mis caderas desnudas, sudorosas por tus manos al pasar. Descifras mi piel cada  mañana con gotas de calor en el agua de mi boca. Y yo te deseo, te deseo con lujuria. Y la lujuria agoniza a tu regreso y ese regreso se hace nuevamente sudor como la última vez que, ansiosa, crecida, madura, fiel, soñada, se entregó a tu retorno.

    Dejaré deambules por las orillas de mi nuca. Contaré con tus labios las gotas de angustia volviéndose rocío en mi frente. Lloraré cada segundo si te retrasas, odiando a los relojes por perder sus manecillas y a Cronos por manipular el tiempo. Aguardaré para que vuelvas a contar los lunares de mi existencia, lamiéndolos como perro que llama a la puerta, perdido, desolado y deseoso de caricias en el lomo por su ama.

    Seré lo que tú quieras esta noche.

    Me haré niña con trenzados de inocencia.

    Me haré mujer vestida de madurez enredada en sus cabellos.

    Me haré día y me haré noche, para que encuentres a todas horas mi cuerpo y lo fundiré de nuevo para nacer en ti,  verano.

  A.M. EUMENIA


 

   Si  pudiese durante cinco días al mes, cambiar mis hormonas por un buen par de cojones que me hicieran olvidar mi condición femenina y el suplicio menstrual que conlleva ser mujer, renunciaría al juego de utilizar mis encantos para engatusar al sexo contrario, llevando así los pantalones, cuando el verdadero placer no está en asumir el mando, sino en disfrutar de ellos. La misma delicia que despreciamos al limitar en una dieta absurda, privando a nuestro cuerpo de paladearlos en cada momento.

    Tal esfuerzo, poco entendible a mi parecer, sin ir más lejos, es el rechazo a la fruta de invernadero por creer no ser el tiempo, siendo incapaces de reconocer el gusto de las fresas en tu boca en diciembre, sintiendo su frescura roja derramada por la barbilla, como el no saborear al tío que el azar pone en nuestro camino, aun a sabiendas no es la pareja oportuna.

    Al igual que muchas no dudan en conservar esa chaqueta con mangas raídas, cuello desgastado y bolsillos rotos, no por despilfarrar, sino porque la tela pide a gritos la suplencia y la guardamos por el vicio de no tirar, es de sabios errar y  rectificar, amando al hombre que el tiempo ha ido enseñando a conocernos, olvidando fechas de aniversarios y cumpleaños, y a la vez que empapada la oreja de saliva nos susurraba te quiero, pero aún con la barriga crecida con potajes de cariño o siestas de felicidad, buscamos con nuestra espalda su calor en la cama.

    No conozco a costilla que abandone a la suya frente al televisor para amenizar la tarde con cafés con sacarina y pastelitos integrales, siendo los mártires diana de critiqueos, la causa de comentarios sofocados, el tema central de gargantas desgarradas o provocando pulsos de desgracias matrimoniales con sus compañeras de tertulia, cuando desean en realidad que el vibrador de los móviles les arrebate de tanta charla vaginal y comentar, si es necesario, entre labios mordidos por el deseo, el final de un partido nefasto.

    Hay quien se atreve a  comparar un buen polvo en el suelo del salón-olvidando el sopor del verano, aprovechando que los abuelos se ofrecieron esa noche a ser los canguros de los cinco o seis años de desvelos-con una sugerente, negra y apetitosa tableta de chocolate. Digo yo que para dar mordiscos, qué mejor que unos buenos labios y no un exceso de azúcar y sean sus dientes los que se claven ardientemente en tus hombros sudados.

    Y aún no les hablé de costumbres machistas, desterradas del calendario por no tener cabida en nuestra crecida libertad. Denme a mi esa cena suculenta con facturas desconocidas, cursis violines de fondo y la solera de un buen vino, tan refrescante como la experiencia de tu acompañante. Quiero yo brazos fornidos con malabaristas insinuaciones abriéndome la puerta. No desprecio esos piropos tradicionales ruborizando mis treinta y tantos, si consiguen recrear entre trabajo e independencia laboral a la luchadora innata que llevo dentro.

    Barajemos pues nuevamente las cartas y cambiemos las reglas del juego, de este dulce de palabras con tanta paranoia sentimental, que no se trata de gobernar con machos conservadores ni de riendas tensadas por feministas, que como instrumento de orquesta, dudoso a veces de su afinado, no hay como dejarse guiar por partituras, siendo tu cuerpo la guitarra y sus manos las que amenicen el concierto.

A. M. EUMENIA

   

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