La ciudad de los canales, la conocida, mucha confusión y ruido, con sitios venerables y sagrados tratados con indiferencia y vulgaridad por el turista La Venecia menor, de escondidos y secretos jardines, donde la góndola se desliza suavemente, un canto al placer por la vida y donde el tiempo no cuenta
Que
yo sepa, y a mi modo de ver las cosas, no hay una Venecia solamente, sino
infinitas Venecias. La Venecia histórica, con sus aspectos luminosos,
clarísimos: la Venecia de las conquistas del Adriático y el cercano
Oriente, sus navegantes, sus héroes, también con sus santos, y por otro
lado, la Venecia oscura y tenebrosa, con el tan discutido Consejo de los
Diez, con la inicua e injusta condena del povaro fornareto (pobre
panadero) y con todo ese horripilante conjunto de basura, a menudo fruto
de la fantasía, que se hizo popular a lo largo del siglo XIX por algunos
novelistas italianos y extranjeros no demasiado cultos. Y
si, por casualidad del destino, no tuviéramos noticia alguna de Venecia, y
de ella no quedasen huellas marmóreas, sobrarían las obras de dos grandes
escritores venecianos, Carlo Goldoni y Giacomo Casanova,
para recordarnos su gran aventura terrena y perpetuar así la Venecia de
los poetas y los literatos. Venecia, sin embargo, no podría definirse como
una buena madre para estos dos escritores, porque los dos, por motivos
diferentes, fueron mal considerados; uno tuvo que emigrar a Francia para
poder vivir y el otro fue encerrado nada menos que en los Piombi, por
motivos que hoy día serían risibles e incomprensibles.
LITERATOS Y POETAS
Venecia, aún con las incomprensiones y el desamor, las ofensas sufridas
por Goldoni y Casanova y algunos ciudadanos más, estuvo siempre en el
primer lugar de sus corazones, en sus recuerdos y en su obstinado e
infranqueable afecto. Hay pues una Venecia de los literatos y los poetas,
que a lo largo de varios siglos la tuvieron unánimemente en el séptimo
cielo y hay la Venecia de los históricos, que sin embargo no siempre la
trataron bien y no siempre con la consideración y respeto que honradamente
tendría que pertenecer a las grandes damas. Tenemos la Venecia de los
pintores, los músicos y Dios sabe cuántas Venecias más, según múltiples
observadores humanos, en los siglos venideros. No
son éstas, sin embargo, las Venecias de las que me gustaría hablar.
Quisiera poner mi acento sobre la Venecia mayor y también de la menor. La
Venecia mayor es aquella que todos conocen, aún de los que la conocen
poco, poquísimo o casi nada. Quién no ha oído hablar o nombrar, por
ejemplo, Plaza de San Marcos, de su cuenca lagunar, de su Basílica, de su
Campanario, del Puente de los Suspiros o del Puente del Rialto, o el
monumento ecuestre a Bartolomeo Colleoni, o del maravilloso y
desgraciado Teatro, destinado a revivir el destino del legendario animal
del que tomó su nombre, ¿La Fenice?, El Fénix.
Quién no conoce nuestra Regata Histórica o las Fiestas del Redentor, en
las que participan alegres en el festejo multitudes enormes de venecianos
(no se es veneciano por nacer o haber vivido siempre en Venecia; ser
veneciano es amor a Venecia, asimilándola y llevándola dentro como se
lleva nuestro ADN). Son éstos los lugares, son éstos los mágicos momentos
universalmente reproducidos con fotos y cuadros, sembrados por cada región
del planeta. Por tanto, se podría decir que, casi, casi, no hay persona en
el mundo que no sepa reconocer, a primera vista, nuestra Plaza, sólo
mirando una postal que la represente.
DEMASIADA CONFUSIÓN Y RUIDO
Bien, ésta es la conocida Venecia mayor. Pero quien la conozca, y son
todos o casi todos, no podrán decir que conocen verdaderamente Venecia.
Esta Venecia mayor, por ejemplo yo, que me confieso hijo devoto y
enamorado de ésta, su gran madre, es una Venecia que, si tuviera que
hablar con el corazón en la mano, no me gustaría tanto y que en verdad me
hace sufrir.
Demasiada confusión, demasiado ruido, demasiada gente arriba y abajo que
la fotografían impúdicamente por cada lado, y que sitios venerables y
sagrados son tratados con indiferencia y vulgaridad apresurada como se
tratan a los comederos populares o los avisperos de las periferias.
Demasiadas tiendas con finalidad exclusiva a una buena ganancia,
demasiados innobles engaños, sobre la cual sería caridad patriótica cerrar
un ojo, y casi los dos. Quizás al contrario, sería querer a Venecia, tomar
un látigo en la mano, como hizo hace tiempo Jesús, y dejarlo caer a
derecha e izquierda, con la fuerza de la indignación, cayera donde cayera,
y seguro que caería siempre en nalgas culpables.
LA VENECIA DE VERDAD
No, no es ésta, desgraciadamente, la Venecia que amo. La quería de
muchacho, seguro que la amaría ahora también si no tuviera ese tinte de
meretriz que la envilece y desfigura. La Venecia que amo, la que queda y
quedará siempre en el corazón es la Venecia menor. La Venecia de los
barrios menos visitada, la Venecia de algunos sitios de Castello, de
Cannaregio, de San Polo o de Santa Cruz. La Venecia vivida por los
venecianos, la ciudad silenciosa, casi solitaria, donde caminas bordeando
escondidos y secretos jardines, de los que adviertes su presencia sólo por
el olor o por algún follaje o ramas en flor que superan la altura de la
tapia, que se asoman a las plazoletas silenciosas, como si fuera un amago
gracioso de saludo que las plantas amigas lanzan a los distraídos
transeuntes.
La
Venecia de los canales absortos y quietos, donde la góndola se desliza
suavemente, donde el cielo se insinúa entre dos hileras de casas que se
pierden en la lejanía y donde el atardecer lanza destellos de luz
nacarada, que intentan envolver la atmósfera en una aureola de misterio y
sueño. EL PLACER POR LA VIDA La
Venecia graciosa, sencilla y humana, socarrona e irónica también, donde
entre las personas que se cruzan en tu camino, hay seguramente alguna que
te para, a lo mejor dirigiéndose a ti en un dialecto dulce y efervescente,
vivaz, y te invita a una imprevista y agradable conversación, y después de
beber un vaso de vino, a la salud de los dos, en una de las muchas tascas
de la ciudad, divinamente sentados, sólo para conversar y beber
despaciosamente, paladeando una existencia distinta, con un placer por la
vida desde hace mucho tiempo olvidado, la sutil alegría de dejar correr
los minutos y las horas en una tranquilidad intensa y fecunda, en un
nirvana de paz.
Probad vosotros también, no será difícil. Ésta es Venecia. FEDERICO FONTANELLA
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