Federico Fontanella (primero por la derecha) con Nadia Consolani y artistas venecianos

La ciudad de los canales, la conocida, mucha confusión y ruido, con sitios venerables y sagrados tratados con indiferencia y vulgaridad por el turista

La Venecia menor, de escondidos y secretos jardines, donde la góndola se desliza suavemente, un canto al placer por la vida y donde el tiempo no cuenta

   Este artículo sobre Venecia, del poeta Federico Fontanella, fue una petición que le hicimos a través de su gran amiga Nadia Consolani, viuda de Fernando Quiñones, a la que le dedicó uno de sus poemas, La madrugada, y que PUENTE CHICO publicó en diciembre del pasado año. Ahora nos ofrece una visión distinta, dura y crítica de la ciudad que todos conocemos (de un modo u otro), de un veneciano que la ama y la padece, apasionadamente en ambos casos.

   Que yo sepa, y a mi modo de ver las cosas, no hay una Venecia solamente, sino infinitas Venecias. La Venecia histórica, con sus aspectos luminosos, clarísimos: la Venecia de las conquistas del Adriático y el cercano Oriente, sus navegantes, sus héroes, también con sus santos, y por otro lado, la Venecia oscura y tenebrosa, con el tan discutido Consejo de los Diez, con la inicua e injusta condena del povaro fornareto (pobre panadero) y con todo ese horripilante conjunto de basura, a menudo fruto de la fantasía, que se hizo popular a lo largo del siglo XIX por algunos novelistas italianos y extranjeros no demasiado cultos.

   Y si, por casualidad del destino, no tuviéramos noticia alguna de Venecia, y de ella no quedasen huellas marmóreas, sobrarían las obras de dos grandes escritores venecianos, Carlo Goldoni y Giacomo Casanova, para recordarnos su gran aventura terrena y perpetuar así la Venecia de los poetas y los literatos. Venecia, sin embargo, no podría definirse como una buena madre para estos dos escritores, porque los dos, por motivos diferentes, fueron mal considerados; uno tuvo que emigrar a Francia para poder vivir y el otro fue encerrado nada menos que en los Piombi, por motivos que hoy día serían risibles e incomprensibles.

La Plaza de San Marcos cubierta por el agua

LITERATOS Y POETAS

   Venecia, aún con las incomprensiones y el desamor, las ofensas sufridas por Goldoni y Casanova y algunos ciudadanos más, estuvo siempre en el primer lugar de sus corazones, en sus recuerdos y en su obstinado e infranqueable afecto. Hay pues una Venecia de los literatos y los poetas, que a lo largo de varios siglos la tuvieron unánimemente en el séptimo cielo y hay la Venecia de los históricos, que sin embargo no siempre la trataron bien y no siempre con la consideración y respeto que honradamente tendría que pertenecer a las grandes damas. Tenemos la Venecia de los pintores, los músicos y Dios sabe cuántas Venecias más, según múltiples observadores humanos, en los siglos venideros.

   No son éstas, sin embargo, las Venecias de las que me gustaría hablar. Quisiera poner mi acento sobre la Venecia mayor y también de la menor. La Venecia mayor es aquella que todos conocen, aún de los que la conocen poco, poquísimo o casi nada. Quién no ha oído hablar o nombrar, por ejemplo, Plaza de San Marcos, de su cuenca lagunar, de su Basílica, de su Campanario, del Puente de los Suspiros o del Puente del Rialto, o el monumento ecuestre a Bartolomeo Colleoni, o del maravilloso y desgraciado Teatro, destinado a revivir el destino del legendario animal del que tomó su nombre, ¿La Fenice?, El Fénix.

    Quién no conoce nuestra Regata Histórica o las Fiestas del Redentor, en las que participan alegres en el festejo multitudes enormes de venecianos (no se es veneciano por nacer o haber vivido siempre en Venecia; ser veneciano es amor a Venecia, asimilándola y llevándola dentro como se lleva nuestro ADN). Son éstos los lugares, son éstos los mágicos momentos universalmente reproducidos con fotos y cuadros, sembrados por cada región del planeta. Por tanto, se podría decir que, casi, casi, no hay persona en el mundo que no sepa reconocer, a primera vista, nuestra Plaza, sólo mirando una postal que la represente.

DEMASIADA CONFUSIÓN Y RUIDO

    Bien, ésta es la conocida Venecia mayor. Pero quien la conozca, y son todos o casi todos, no podrán decir que conocen verdaderamente Venecia. Esta Venecia mayor, por ejemplo yo, que me confieso hijo devoto y enamorado de ésta, su gran madre, es una Venecia que, si tuviera que hablar con el corazón en la mano, no me gustaría tanto y que en verdad me hace sufrir.

    Demasiada confusión, demasiado ruido, demasiada gente arriba y abajo que la fotografían impúdicamente por cada lado, y que sitios venerables y sagrados son tratados con indiferencia y vulgaridad apresurada como se tratan a los comederos populares o los avisperos de las periferias. Demasiadas tiendas con finalidad exclusiva a una buena ganancia, demasiados innobles engaños, sobre la cual sería caridad patriótica cerrar un ojo, y casi los dos. Quizás al contrario, sería querer a Venecia, tomar un látigo en la mano, como hizo hace tiempo Jesús, y dejarlo caer a derecha e izquierda, con la fuerza de la indignación, cayera donde cayera, y seguro que caería siempre en nalgas culpables.

Gondoleros por uno de los canales de Venecia

LA VENECIA DE VERDAD

    No, no es ésta, desgraciadamente, la Venecia que amo. La quería de muchacho, seguro que la amaría ahora también si no tuviera ese tinte de meretriz que la envilece y desfigura. La Venecia que amo, la que queda y quedará siempre en el corazón es la Venecia menor. La Venecia de los barrios menos visitada, la Venecia de algunos sitios de Castello, de Cannaregio, de San Polo o de Santa Cruz. La Venecia vivida por los venecianos, la ciudad silenciosa, casi solitaria, donde caminas bordeando escondidos y secretos jardines, de los que adviertes su presencia sólo por el olor o por algún follaje o ramas en flor que superan la altura de la tapia, que se asoman a las plazoletas silenciosas, como si fuera un amago gracioso de saludo que las plantas amigas lanzan a los distraídos transeuntes.

    La Venecia de los canales absortos y quietos, donde la góndola se desliza suavemente, donde el cielo se insinúa entre dos hileras de casas que se pierden en la lejanía y donde el atardecer lanza destellos de luz nacarada, que intentan envolver la atmósfera en una aureola de misterio y sueño.

EL PLACER POR LA VIDA

    La Venecia graciosa, sencilla y humana, socarrona e irónica también, donde entre las personas que se cruzan en tu camino, hay seguramente alguna que te para, a lo mejor dirigiéndose a ti en un dialecto dulce y efervescente, vivaz, y te invita a una imprevista y agradable conversación, y después de beber un vaso de vino, a la salud de los dos, en una de las muchas tascas de la ciudad, divinamente sentados, sólo para conversar y beber despaciosamente, paladeando una existencia distinta, con un placer por la vida desde hace mucho tiempo olvidado, la sutil alegría de dejar correr los minutos y las horas en una tranquilidad intensa y fecunda, en un nirvana de paz.

    Probad vosotros también, no será difícil.

   Ésta es Venecia.

FEDERICO FONTANELLA

   

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