Los ángeles ya están cansados de ser buenos

Ni de piel ni con sombra

   Se acabó la era de los ángeles guardianes.

    Han decidido quitarse el San Benito de ser pacientes veladores de almas y cabeceras de niños dormidos, de encajar en el perfil de figuritas con caras de pánfilos en cuadros o estampitas de comunión y pretenden ser desertores de iglesias, manifestantes en sequías de integridad, ludópatas sin escrúpulos de conciencias, guías de tornados humanos, macarras de mirada tierna transformados en devastaciones de cuyo historial no deberíamos confiarnos y místicos gamberros con bombas molotov en el Camino de Santiago; no descansarán hasta desbancar al mismo diablo.

   Con embusteros querubines danzantes entre las nubes, nos han vendido todas las caras de la verdad, las creíbles, las esperadas y las tradicionales, como veteranos charlatanes de feria, cuando en realidad hasta su blanca pureza es puro marketing.  Quien dijo haberlos visto en las cuatro esquinas de su cama, desvariaba, son espías de las almohadas al acecho de nuestras pesadillas y ventrílocuos de nuestros miedos en el reflejo de los espejos. Nos confiscan la ilusión de los milagros con absurdas señales de su ADN en las paredes y encuentran  como mayor distracción, manipular los rosarios de las beatas o los principios despistados del creyente sin argumentos.

   Ignoran toda ley de geometría con la excusa de no formar la línea recta existente entre nosotros y ellos, y quieren cambiar el carné de honor de la Biblia por entrar en la lista de los fichados.

   Pero los he visto lamentarse con aullidos de delfines, enroscados como perros en sus propios complejos, hartos de que los encasillen en el papel de los buenos y de no saber a estas alturas si seguir vagando alegremente en el Edén o aparearse sin temor, aun con la duda de cuál es su sexo.

   Y al parecer no nos enteramos, quieren ser hombres, mujeres, adolescentes sedientos de deseo, viejos con derecho a jubilación y no los héroes de eclesiásticas fotografías con el suplicio en proteger de almas. Se lamentan del eterno cuidado de la sombra de los mortales, cuando no pueden disfrutar de la suya propia.

    A ver ahora de quién nos fiamos.

A. M. EUMENIA

 

inicio