Calderadas de manteca colorá Hace siete meses que se fue Cuchilleta. Se marchó sin decirme adiós. Sus últimas palabras para mí fueron: “A ver si te veo cuando vengas a cantar por aquí”. Esto fue antes de ingresar en el hospital de Puerto Real y por conferencia telefónica. Una vez más la distancia me ha golpeado muy duro. Cuando me avisaron de la triste noticia quedaban apenas tres horas para su entierro. Lo siento, amigo, me hubiera gustado acompañarte en ese paseo por La Victoria. Se fue Nicolás dejando un gran vacío en nuestros corazones. ¿Con quién compartiré cuando vaya las largas tardes de verano, esos ratos de guitarra y tertulia, de cuando componíamos canciones en la colina de Santa Ana, con las salinas de fondo y de nuestra juventud, que se fue como tú te has ido, sin avisar y sin un adiós. Ahí quedó su figura de bohemio, viviendo su mundo, que era hermoso y rico a la vez, melancólico y poeta, bueno, despistado y prudente siempre, hombre tranquilo en sus argumentaciones e inquieto en su arte y apasionado con su guitarra amada. DURO APRENDIZAJE Juntos empezamos a trabajar en la plaza de Abastos, ella fue nuestra universidad y conservatorio de música. Allí aprendimos lo duro que es para dos niños aún levantarnos a las seis de la mañana y enfrentarnos a la dura realidad. Trabajábamos por trescientas pesetas a la semana y todo estaba bien. Juntos hicimos cientos de calderadas de manteca colorá con sus correspondientes chicharrones (tuvimos unos buenos maestros, la familia Panes). Despiezábamos cerdos y terneras por las tardes, envueltos en un olor a despojos, fruta y pescado. Afilábamos los cuchillos en una chaira desgastada por las horas de trabajo y aprovechábamos esos momentos para hacer algún que otro compás. Así nos reíamos de la dura realidad. Nuestro pueblo tiene mucho que agradecer a este chiclanero que siempre contempló esta ciudad con amor y cariño, por la que le gustaba deambular en solitario o con algún amigo que compartiese sus pensamientos. Estás ahora en un sitio en el que te rodean de verdad almas alegres, echando vuestros ratitos de toque y cante. Dile a los de las alas grandes y blancas que te echamos mucho de menos y que cuando participes en una grabación celestial no se les olvide enviar una copia. Con tantos angelitos ¿alguno será cartero, no? Dale recuerdos a todos mis muertos y haz por ver a Rafael Domínguez Llinás, mi otro gran amigo del alma, y que te eche una mano en el acompañamiento de guitarra. Nico, no te canso más. Hasta siempre, amigo.
ANTONIO MORALES DONCEL-MURIANO |