El Quijote, una fábrica de fiestas Mucha frase hecha esa de Descanse en paz, pero con todo este jaleo en su memoria y el currículo de su personalidad, me extraña que no haya formado parte ya de una movida espiritista, porque si algo hizo grande a Don Alonso Quijano, para los amigos Don Quijote, y los tendría por miles, era su fama de comerse la vida. No hablamos entonces de un difunto cualquiera, con la cartilla de embarque entre el cielo y el infierno mientras el jefe estudia sus antecedentes penales; menudo era para una sanción, daría coba con cuentos de colores al mejor abogado. Además, si cometió algún delito o locura ya se ha encargado la historia de enmendallos. Si el hidalgo levantase la cabeza y viese el pedazo de cumpleaños que le han montado, sería el primero en organizar una jarana para el empalme de días y noches, y no en aquel caballo con canijazo superior al dueño, sino en un autobús fletado con gente de lo más variopinta, con barra libre, amenizada con karaoke, y de escolta una fila de Harleys Davidsons, con sus jinetes con chupas de cuero, unas botas negras y pañuelos anudados en el brazo. Alguien tan llano jamás haría una selección de invitados. No lo veo como metro-sexual, ni bohemio y mucho menos fashion de pantalones de marca con la rabadilla fuera. Tampoco con lanza y escudo en mano, sino con una cerveza bien fría en una y un tenedor en la otra, degustando tortillitas de camarones. En cuestión de aficiones, igual también cambiaba la lectura por crucigramas. De seguir con el empeño de los libros, me da miedo pensar cómo hubiese acabado de haber caído en sus manos Kafka, Freud o las aventuras del Capitán Trueno. Gran profeta de fantasías entre sus seguidores, tan fieles como Sancho, colega a su vera, siempre a la verita suya, orgulloso de su camiseta del Cádiz, tirando de su señor para convertirlo en chirigotero. A base de letras de carnaval tendría enamorada hasta los huesos a la estrecha de Dulcinea. Apuesto mis ilusiones en el disfrute de Cervantes con una nueva biografía. A juzgar por el historial paranoico de su mito, en una adaptación a las costumbres actuales, no daría abasto el literato.
A. M. EUMENIA |